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Scritto da Manuel Curtó Gracia
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jueves 01 mayo 2008 |
Cuando yo
llegué a Canarias, recién casado y con
veintitrés años de edad, nada sabía de
perros canarios, en realidad nada sabía de Canarias, no
sé por qué me imaginaba unas islas tropicales,
llenas de vegetación por doquier, y que los
plátanos que tantísimas veces había
comido desde muy niño en mi pueblo lleidatá (de
Lleida en catalán, en castellano Lérida, del
árabe) los producían unas palmeras altas
parecidas a las que se veían en las películas
norteamericanas ambientadas en Hawai, con la diferencia que
éstas producían cocos. Luego, cuando me llevaron
a ver un campo de plataneras en su ambiente natural me llevé
una tremenda decepción. Las plataneras eran unas matas de
unos tres metros de alto, poco más o menos, de hojas anchas
y largas, las más bajas rozando la tierra. En mi vida me he
llevado muchas decepciones de este tipo, dicho sea de paso. Con
demasiada frecuencia la realidad no es como nos la cuentan, o como nos
la imaginamos cuando nos la cuentan.
Pasado un
tiempo, tres años quizá, poco más o
menos, mi suegro, comandante de la Guardia Civil, me habló
del Perro Majorero. Él había estado destinado en
Fuerteventura, con la graduación de teniente me parece, ya
terminada la segunda guerra mundial.
Un
día, mientras almorzábamos, mi suegro trajo a
colación en la conversación el Perro Majorero, y
me contó que un alemán, ex-militar nazi muy
entendido en perros, le dijo un día que allí en
Fuerteventura tenían el mejor perro de policía,
mejor que el Pastor Alemán, porque aprende solo, no se
fía ni de su madre, y no le tiene miedo a nada ni a nadie.
Es de suponer que en aquellas fechas en Fuerteventura habría
muchos y muy buenos perros de ganado aún.
Luego,
ya viviendo en Las Palmas de Gran Canaria, se despertó en mi
la locura por los perros. Compré por teléfono una
podenca ibicenca en Barcelona y un podenco ibicenco en Palma de
Mallorca, y un Pointer Inglés, y una Pastora Alemana al
doctor Luís Soldevilla de Benito, de Madrid, y..., alguien,
no recuerdo quién, me habló de los perros de
presa, y en busca de ellos fuí con la mayor
ilusión del mundo. Así fue como conocí
a Salvadorito, a Francisco Santana Santana, etc. Salvadorito
tenía, muy cerca de lo que llamaban los Nuevos
Depósitos Comerciales, en la Dársena Exterior, en
donde trabajaba como guardián de noche, un perro de presa de
capa bardina metido en un cuarto hecho expresamente para encerrarlo
allí por el día; el cuarto tenía una
puerta y la puerta una ventanita con reja en la parte alta desde donde
se podía ver al perro. Salvadorito además
tenía una perra Boxer atada al pie de una casetita de
madera, y dos o tres cachorros de esa perra y el perro de presa. El
perro (no recuerdo el nombre) era impresionante, me atrevo a decir que
muy parecido a mi presa Néstor, en color, en
tamaño, en fenotipo, en todo. Ver aquel presa para
mí fue todo un acontecimiento (no había visto
otro antes). Salvadorito me dijo, mira a ver si consigues una hembra y
se la ponemos al perro, estos perros se han perdido ya, yo no he
encontrado una hembra para él. ¿Y esos cachorros
que tiene ahí?, le pregunté. No, esos ya no son
lo mismo, la madre es esa Boxer.
Un
domingo fuimos (mi ex-mujer, los niños, y yo) a almorzar a
Mano de Hierro, un restaurante de comida alemana propiedad de don
Carlos, en Santa Brígida (Gran Canaria). Don Carlos era
alemán, un gran cocinero, y manco, sí, en la
segunda guerra mundial perdió la mano izquierda, y en el
muñón que le quedó llevaba acoplado un
artilugio metálico en forma de gancho con el que se
defendía bastante bien en la cocina, en la barra del bar
fregando platos, vasos, tazas, y demás. Don Carlos era muy
alemán y muy amable, parecía estar siempre de
buen humor, en su restaurante se comía muy bien y no era
caro.
Ese
domingo nos sentamos al pie de una de las ventanas que daban a una
huerta, en la que don Carlos cultivaba parte de las hortalizas que se
servían en el restaurante. Y cuál no fue mi
sorpresa al ver muy cerca de la ventana, atado a una caseta de madera,
un perro tipo presa, con el rabo torneado como los bulldogs ingleses
-aquí en Canarias los preseros a ese tipo de rabo le
llamaban, y le seguimos llamando, rabo torneado-. Me levanté
y fuí a hablar con don Carlos. Ese perro me lo trajo mi
cuñado Francisco, él toda su vida ha tenido
perros de presa - me contestó Mano de Hierro-, suele venir
por aquí a ver a su hermana, como ya está
retirado y no tiene nada que hacer pues viene de vez en cuando y se
está un rato con ella, incluso cuando le parece se
entretiene ahí en la huerta, y si no mira, mejor te doy su
teléfono y su dirección para que lo llames y
quedes con él.
A
los dos o tres días llamé por teléfono
a Francisco Santana Santana, me dijo que ya no había perros
de presa, pero que si yo quería podíamos vernos,
en su propia casa, sí, mejor que venga a mi casa, me dijo,
yo ya estoy jubilado, estoy medio enfermo, véngase, y
hablaremos de perros de presa.
Al
día siguiente fuí a casa de don Francisco
Santana. Me recibió la mujer, muy amable, ¡ah!,
usted es el de los perros, mi marido se va a poner muy contento con su
visita, es un loco de los perros de presa, ahora está
retirado, pero antes siempre tuvo perros de presa, pase, pase,
está en el saloncito.
Don
Franciso Santana Santana estaba sentado en un sillón, al
verme se levantó y me tendió la mano. Estoy medio
malo, me dijo, perdone que le haya hecho venir, podíamos
habernos visto en otro sitio, pero como estoy así,
siéntese, siéntese, ¿cómo
es que se interesa por los perros de presa? Por su edad, Don Francisco
sobradamente podía haber sido mi padre, y me trataba de
usted. Mire, no hay perros de presa, me dijo nada más
sentarnos, eso era antes, no sé por qué pero han
desaparecido, ya no se ven, ahora vivimos de otra manera, todo ha
cambiado, hoy en día la mayor parte de la gente nos ganamos
la vida de otra manera, las aficiones son otras.
Mientras
don Francisco me hablaba yo pensaba que tenían que quedar
presas por algún sitio, por el campo, en los pueblo
más apartados, en fin. De todas maneras si usted quiere que
demos una vuelta por ahí, ya que insiste, pero no creo que
encontremos nada. Media hora después estábamos en
Tafira Baja llamando a la puerta de una casa, cuyos propietarios eran
conocidos de don Francisco. Se abrió la puerta y
apareció una mujer. Hola, Francisco, cuánto
tiempo sin verte -la mujer saludó a don Francisco-. No, ya
no tenemos perros de presa, hace años que ya no los tenemos.
¿No le dije yo a usted?, ya nadie tiene perros de presa,
dijo Francisco Santana dirigiéndose a mí. Don
Francisco se despidió de la mujer, nos montamos nuevamente
en mi automóvil y seguimos hacía Tafira Alta,
luego hasta Santa Brígida. Vamos a ver a mi hermana, que
hace dos días que no la veo, sí, el perro que
tiene mi cuñado se lo llevé yo, pero no es presa
como los de antes, era de un amigo que le sacó
cría a una gran danesa con un Bulldog. Ya le digo, ya no
quedan presas, hantes sí había, yo recuerdo haber
tenido hasta siete u ocho, machos todos, para la pelea, y para
entrenarlos los sacaba al campo a todos juntos, ensalamados -con bozal-
para que no se pelearan, yo montado en mi caballo y ellos todos
detrás, entonces los caminos no estaban asfaltados ni
había coches como ahora, y cuando me parecía que
habían hecho el suficiente ejercicio los traía de
vuelta a casa, entonces yo vivía en una casa terrera en el
campo, ahora no, ahora vivo en un piso, como ha visto, en fin, todo es
diferente, y para comer les echaba cabezas de cabra, enteras,
sí, me iba al matadero municipal y por un par de pesetas me
daban un saco de cabezas de cabra, a veces tenían tantas que
no sabían que hacer con ellas y entonces ni siquiera me las
cobraban, en aquella época la carne que comíamos
todos era de cabra, muy poca de res, porque había muchas
cabras, ¿sabe usted?, sí, ya lo creo, todo era
diferente, recuerdo que una vez vino un señor de la
Península, de Bilbao dijo que era, a comprar perros de presa
para la caza del jabalí, era un hombre de mucho dinero, por
lo que me dijo ya en otras ocasiones se había llevado presas
para la caza del jabalí, y me compró un perro de
presa impresionante, tenía una cabeza enorme,
fíjese usted que cuando le echaba una cabeza de cabra la
cojía en el aire, ¡¡chas!!, y en lo que
la llevaba al suelo ya la había partido,
imagínese la fuerza que tendría en las
mandíbulas, era tremendo, el mejor presa que yo tuve nunca,
y se llevó un cachorro también el
bilbaíno, hijo de ese perro.
Con
las historias que me contaban los viejos preseros fue creciendo en
mí la afición (que se fue convirtiendo en
obsesiva) por los perros de presa canarios. Un día Javier
Cabrera Perera (amigo mío y muy aficionado a los perros) y
yo fuimos a ver un perro de presa en un chalet antiguo y medio
abandonado que había a mano derecha entrando en Tafira. No
recuerdo cómo dimos con él. Javier
vivía con su novia en Tafira. Quizá fue
él quien se enteró de que existía
aquel presa. Era un presa más bien bajo, ancho, con una
cabeza grande, al notar nuestra presencia vino desde el fondo del
jardín ladrando hacia nosotros, sus ladridos eran profundos
y cavernosos, sus ojos oscuros, su mirada muy seria, desconfiada, nada
amistosa, su color de un pardo oscuro. En aquel chalet no
había nadie. La visión de aquel presa me
impactó. Tiene que haber más presas como
éste, le dije a Javier Cabrera Perera. Otro día
fuimos a Arucas, para ver a Manolito Alemán el Carnicero,
que tenía un perro de presa, y fuimos a dar con
él, en su casa. Manolito Alemán vivía
en una casa terrera a las afueras de Arucas. Era casi de noche. Una
mujer abrió la puerta, en la entrada había una
especie de patio largo de piso encementado con un hermoso parral
cargado de verdes pámpanos. Sí, Manolito
está ahí, ¡Manolito, mira, que estos
chicos preguntan por tí!. Manolito estaba hablando muy
amigablemente con Santiaguito Ojeda, el luchador (de lucha canaria).
Manolito nos dijo que ya no tenía perros de presa, hace
años saqué una cría y uno de los
cachorros se lo regalé a un hombre de... Manolito
Alemán nos dijo dónde vivía el hombre
al que le había regalado el cachorro de presa,
hacía varios años. No sé si
vivirá todavía ese perro, dijo mientras nos
despedía. El cachorro que regaló Manolito
Alemán, al que pusieron de nombre Boby, vivía, y
lo compré yo un rato después en seis mil pesetas,
de aquella época.
En
esos días nos enteramos, Javier Cabrera Perera y yo, de que
un tal Juan Santana Álamo tenía algún
perro de presa, en Bañaderos, sí, el marido de la
maestra, y a Bañaderos nos fuimos a preguntar por Juan
Santana Álamo, el marido de la maestra. Él vive
en aquella casa, nos dijo un hombre de Bañaderos, vayan que
debe estar en la casa, que lo ví entrar hace un momento.
Llegamos a la casa que el hombre nos había indicado y
llamamos a la puerta, Juan Santana nos abrió, le dije que
nos habían dicho que él tenía perros
de presa, nos dijo que sí, bueno, presas presas no son, no
son como los de antes, aquellos eran otra cosa, pero pasen, o sino
vamos a la granja para que los vean, está cerca de
aquí. A los pocos minutos estábamos en la granja
de gallinas que tenía Juan Santana a poca distancia del mar.
Estos son mis perros, nos dijo Juan Santana mostrándonos sus
perros, ese que está atado al pie del gallinero es Canario,
y la perra debe andar por aquí, ¡¡Brava,
Brava!!, gritó Juan Santana, y al momento
apareció una perra de poco cuerpo y capa bardina que poco
tenía que ver con una perra de presa, o con la idea que yo
me había formado de una perra de presa, y Canario era
leonado con alguna mancha blanca, bajo, ancho, con cabeza grande,
producto de cruce de Bulldog Inglés ¿con Dogo
Alemán?, casi seguro. Canario y Brava eran los perros de
presa de Juan Santana Álamo, no tenía
más. Entonces le pregunté si tenía
pensado sacarles cría. La perra parió hace poco,
dijo, del Canario, sí, y los cachorros los
regalé, una hembrita se la llevó un cabrero de
Las Tres Palmas, ¿saben donde quedan las Tres Palmas?,
¿no?, pues miren, yendo hacia Santa María de
Guía, un poco antes de llegar al Cenobio de
Valerón, en una de las curvas verán en lo alto a
mano izquierda tres palmeras grandes, y una vereda que sube desde la
carretera hacia la casa que se ve arriba, eso es, allí vive
el cabrero al que le regalé la cachorra, igual se la vende,
o se la regala, pues se la llevó por compromiso, me parece a
mí, no la quería, pero se la llevó,
díganle que van de mi parte.
Nos
despedimos de Juan Santana Álamo y nos fuimos en busca de
Las Tres Palmas, contentos, ilusionados, vamos a ver si el cabrero no
quiere la cachorra y me la vende, o me la regala, le dije a Javier
Cabrera Perera. Yo puedo hacer una cosa, me dijo Javier,
según lo que diga le ofrezco un cachorro de Dobermann de la
próxima camada que le vaya a sacar a Yuma -Yuma era una
perra Dobermann-. Cuando llegamos a la altura de Las Tres Palmas
aparcamos el vehículo (un Seat 600 propiedad de la novia de
Javier) en un reducido espacio que había en el lado derecho
de la carretera en dirección a Santa María de
Guía, nos bajamos y ascendimos por la vereda que nos
indicó Juan Santana. Al acercarnos a la casa del cabrero
tres perros mestizos de Pastor Alemán que había
por allí atados con cadenas se levantaron y se pusieron a
ladrar desaforadamente hacia nosotros. Al momento salió una
mujer de la casa, y de detrás de unos árboles
próximos a la casa vino hacia nosotros el cabrero, nos
saludamos y le dijimos que íbamos de parte de Juan Santana,
de Bañaderos. El cabrero no sabía
quién era Juan Santana, entonces le dije que Juan Santana
era el que le había regalado una cachorra de presa.
¡¡Ah, sí, hombre, Juan, claro!!, esque
yo lo conozco como Juan el marido de la maestra, la cachorra,
sí, claro... -el cabrero pareció algo
desconcertado-, pues miren, allí está
detrás de aquellos matos, concretamente detrás
del nisperero, está debajo de una sereta de tomates
vacía -caja de pequeñas dimensiones confeccionada
con láminas de madera y grapas metálicas-,
¡¡mira -gritó el cabrero a su mujer-
enséñales la cachorra a los chicos, y si la
quieren que se la lleven!!.
Vengan
por aquí, dijo la mujer, vengan, que está
allí, debajo de la sereta, como no la queremos, porque no
nos hacen falta más perros, y no hace más que
molestar y romperlo todo, la hemos puesto debajo de una sereta con una
piedra encima para..., quítele la piedra,
quítesela... La pobre cachorrita estaba famélica,
deshidratada, descalcificada, ¿cuánto tiempo
más hubiera seguido con vida? Cuando la cachorrita de presa
se vio libre de sereta y piedra se fue corriendo como una
exalación, desesperadita, en busca de algo, llegó
hasta un barreño metálico con varios litros de
suero del queso elaborado con la leche de las cabras y se
metió dentro de él y no paró de beber
hasta que se hinchó como un globo. La perrita era puro
nérvio, leonada clara calzada de blanco, era preciosa, a
mí me pareció preciosa, no me lo acababa de
creer, una cachorra de presa, mía, ya tenía un
macho y una hembra. Llévensela, dijo la mujer, que
aquí no quiero más perros, para las cabras con
tres tenemos, tengan en cuenta que tres perros comen mucho. Cuando nos
íbamos a despedir (yo con la cachorra en brazos), se nos
acercó el cabrero para desearnos suerte con la perrita,
entonces Javier Cabrera le dijo que tenía un macho y una
hembra de raza Dobermann, que si quería le
llevaría un cachorro cuando tuviera una camada. El cabrero
dijo que sí, que le haría mucha
ilusión, porque esos perros estaban muy poco vistos.
A
la cachorra le puse de nombre Piba. Piba comía siempre como
una desesperada y gran cantidad de alimento, creció sin
problemas, era listísima, muy vivaracha, muy
cariñosa, y muy peleona. Boby y Piba La suerte ya estaba
echada, iba a criar perros de presa -en aquél entonces nadie
hablaba de Presa Canario, sino de perros de presa-. El virus de la
enfermedad ya se había alojado en mis neuronas, y la
enfermedad se llamaba presitis.
Luego,
con el tiempo fui aceptando la evidencia, y era, como ya se me
había dicho, que ya no quedaban perros de presa, de presa de
verdad, todo lo más que había era
algún que otro ejemplar sin casta aquí y
allá producto de cruces muy recientes. Al poco tiempo
empecé a criar con Boby y Piba, ilusionado, y con la
absoluta convicción de que iba a producir presas de
verdadera calidad. Luego empecé a plantearme la imperiosa
necesidad de cruzar con alguna raza foránea de presa,
¿Bulldog Inglés?, y con Dogo Alemán, y
con lo que fuera, con tal de llegar a criar perros semejantes a los del
pasado, al de Salvadorito, al de Tafira.
No
obstante lo expuesto, durante varios años seguí
buscando por las distintas islas (excepto en La Palma) presas que
pudieran servirme en mi proyecto de cría, pero nada, todo
fue tiempo y dinero perdidos. Por abandono, el perro de presa canario
antiguo se había extinguido ya. No quedaba más
remedio que iniciar su reconstrucción.

Piba de Irema Curtó |

Tamay de Irema Curtó |

Boby de Irema Curtó |
Manuel
Curtó Gracia
Publicado en la pagina web http://www.iremacurto.com
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