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Por
aquellos años -mediados de la década de los 70-
yo criaba, además de perros de presa canarios,
Dóberman (que todavía no había sido
arrollado por la espiral de la moda), Podenco Ibicenco -Ca Eivissenc-,
y Pastor Alemán. Pero la
recuperación-reconstrucción del Perro de Presa
Canario era mi verdadera obsesión, y el Perro de Ganado
Majorero, claro que había que ir despacio, muy despacio,
porque no había raza, ni el número suficiente de
ejemplares tipo presa para crear una base de cría
sólida de la que partir. Los viejos preseros hablaban de los
presas del pasado, del presa de Fulano, y del de Zutano,
idealizándolos siempre, está claro,
mitificándolos -el hombre tiende a mitificar todo aquello
que ha formado parte de su vida-.
Y cada vez que podía iba en busca del mítico
Perro de Presa, aún a sabiendas de que era cosa del pasado,
la juventud es así de inocente y opta por creer en aquello
que le ilusiona, aunque haya dejado de existir. En aquellos
años yo era muy joven, hoy me doy cuenta Vivía en
Tamaimo -noroeste de Tenerife-, el turismo en el sur de la isla era
prácticamente inexistente, los apartamentos, los grandes
hoteles brillaban por su ausencia, todo eso fue llegando poco a poco
después; y en el norte el turismo se centraba en Puerto de
la Cruz, que no era, claro está lo que es ahora. Gran
Canaria era más turística, por las playas, de Las
Canteras, y Alcarabaneras, en Las Palmas, y San Agustín,
Playa del Inglés, Maspalomas, en el sur.
Muchas de las carreteras asfaltadas hoy en aquella época
eran caminos de tierra, lo mismo en Gran canaria que en Tenerife, con
frecuencia intransitables, pero eso no le impedía a uno ir
en busca de un perro de presa que pudiera hallarse en cualquier casa de
campo o pueblo aislado. Así conocí a Gabino
Rodríguez Gil un domingo. No, por aquí ya no
quedan perros de esos, me contestó.
Gabino Rodríguez vivía -ya murió- al
pie del camino Guillén, a mitad de camino entre el Ortigal y
el Ortigal de Arriba. Pase usted y tome un vasito de vino,
está bueno, lo compramos el domingo pasado en la Guancha, en
la bodega de Goyo, lo tenemos todo en garrafones, así se
conserva mejor, y cuando se acaba vamos y compramos otra vez. La esposa
de don Gabino, doña Carmen -ya murió- era una
encantadora invidente madre de cinco hijos adultos, dos hombres, tres
mujeres (una deficiente) y Pedro, de unos dieciocho o veinte
años. Cuando doña Carmen alumbró a su
quinto hijo, el médico le dijo que no podía tener
más, porque se puede usted quedar ciega,
¿comprende? Doña Carmen asintió con la
cabeza, no entendía muy bien, pero asintió con la
cabeza mirando a su marido Gabino. Al cabo de unos cuantos
años, doña Carmen quedó nuevamente
embarazada, y al dar a luz perdió la vista. Eso fue un drama
familiar. En una familia agricultora y ganadera la mujer de la casa es
pieza fundamental.
Lo de que se iba a quedar ciega doña Carmen si
tenía otro hijo no me lo contó nadie de la
familia de Gabino Rodríguez, si no recuerdo mal, me lo
contó alguien allegado a ella. Pero bueno, doña
Carmen ya se había acostumbrado a su invidencia, o
minusvalía como se dice de un tiempo a esta parte, lo mismo
que su marido y sus hijos, y Pedro era ya un mozo de dieciocho o veinte
años, ¿quién en dieciocho o veinte
años no se acostumbra a su desgracia? Aún estando
ciega, doña Carmen pelaba papas como si tal cosa, cocinaba
para la numerosa familia, estaba siempre de buen humor,
quería a todo el mundo, contaba historias entretenidas
relacionadas con su pasado, con el de su padre, su madre, sus hermanos,
y se reía con sonoras carcajadas con mucha frecuencia.
Doña Carmen era feliz, seguro que era feliz. Estoy
convencido de que doña carmen dejó esta vida
feliz.
Cuando llegué a casa de Gabino Rodríguez Gil
todos los allí presentes me miraron un poco sorprendidos, y
algo desconfiados, por mi cabello y barba largos -digo yo que
sería por eso-. No, no tenían ningún
perro de presa, lo habían tenido, en el pasado, uno muy
bueno, sí señor, pero aquí quien tuvo
varios fue Pancho el Rey, el vecino de al lado, él
sí le puede hablar de perros de presa, incluso los
enseñaba para otra gente, recuerdo que se los
traían de La Laguna para que los enseñara,
él tenía mano para eso, y como tenía
muchos hijos y en aquellos años había mucha
necesidad..., ¿comprende? Gabino Rodríguez era
hombre conversador, lo mismo que doña Carmen, y basta que
uno viniera de fuera, del otro extremo de la isla, para que recibiera
al visitante con cierto entusiasmo, pero usted no es de aquí
¿verdad?, me dijo doña Carmen. Doña
Carmen, con su fino oído de invidente se había
percatado de que mi manera de hablar, mi acento, era de la
Península. ¿De Cataluña dice usted que
es?, me dijo don Gabino cuando yo le dije que sí, que era de
la Península, de Lérida -en aquellos
años de dictadura franquista fuera de Cataluña no
decíamos Lleida, en catalán, sino
Lérida, en castellano (el habla gallega, vasca, y catalana,
habían sido duramente reprimidas)-.
El perro de presa a Gabino Rodríguez se lo regalaron de
cachorro, alguien de La Laguna, un carnicero me parece que dijo, y se
hizo un tremendo perro, pesaría unos cincuenta kilos por lo
menos, dijo Gabino, fíjese que mis chicos se montaban en
él como si fuera un burro, tenía una cabeza
grande y el pecho ancho, a mí me llegaba hasta la rodilla
-don Gabino Rodríguez mediría un metro sesenta y
ocho centímetros-, lo criamos con leche de vaca y las sobras
de nuestra comida, siempre estaba gordo, era colorao con la boca negra.
Doña Carmen intervino para decir que el Bocanegra era muy
entendido -en Canarias muy entendido quiere decir muy inteligente y que
aprende fácil-, cuando se hizo grande siempre estaba con las
vacas, si las vacas estaban ahí dentro en la cuadra
él estaba echado ahí mismo al pie de la puerta, y
la gente podía pasar que él no hacía
daño a nadie, pero que a nadie se le ocurriera entrar ni en
la cuadra ni en la casa, porque se levantaba, se plantaba y pegaba
cuatro bocinazos que asustaban a cualquiera. Tras reírse
como solamente suelen hacerlo las personas felices dijo,
cuéntale al señor lo que hacía con las
vacas, Gabino. Don Gabino, pasándose la palma de la mano
derecha por la frente como para aclararse las ideas dijo,
sí, hombre era un perro muy entendido, él
sólo sacaba las vacas de la cuadra a medida que yo las iba
soltando y las llevaba al pasto, él sólo,
créame que es verdad, se ponía detrás
de ellas y las iba empujando, las tocaba con el morro cuando se
demoraban o entretenían con la yerba que crece al pie del
camino, y las llevaba hasta el pasto, y allí se estaba con
ellas casi todo el día, y a la hora en punto las
traía de vuelta para el ordeño, sí
señor, claro que eso tiene su explicación, es
como todo, desde pequeño lo llevábamos con ellas,
y así día tras día, hasta que para
Bocanegra se convirtió en una rutina, y así hasta
que se murió. Bueno, hasta que se murió no,
terció doña Carmen, porque cuando se hizo ya
viejo, que ya le costaba caminar, se quedaba echado por aquí
y dejaba que las vacas fueran solas al pasto. Sí, eso es
verdad, mire usted, dijo don Gabino Rodríguez, y entonces
teníamos que acompañarlas alguno de nosotros, la
verdad es que ese perro nos hizo un gran servicio.
¿Sólo tuvieron ese perro de presa?, le
pregunté a don Gabino. Sí, sólo a
Bocanegra, no tuvimos otro perro de presa, no eran fáciles
de conseguir, no vaya a creer que todo el mundo tenía perros
de esos, no, que va, don Pancho el Rey, el vecino de ahí, de
esa casa -don Gabino señaló la casa que se
ocultaba tras un bardo tupido y alto de no sé que
árboles a pocos pasos de la de Gabino-, además
él tenía maña para los perros, le
reinaba eso, le gustaba enseñarlos, sí, ahora ya
no porque está muy mayor el hombre, pero en fin, yo se lo
puedo presentar, Perico puede ir con usted cuando quiera, ahora
quizás sea ya un poco tarde, pero cualquier otro
día que usted venga por aquí...
Gabino Rodríguez era cazador, cazador de conejos, y para ese
menester tenía atados por allí fuera al pie de la
huerta, cerca de la cuadra de las vacas, cuatro o cinco podencos del
país. No son nada del otro mundo, eso es verdad, dijo Gabino
como disculpándose por la falta de calidad de sus podencos,
entonces le dije que yo criaba podencos ibicencos y que cazaba con
ellos -en Canarias se conocen como mallorquines, sobre todo si son de
pelo duro o largo-, y que le iba a regalar un cachorro muy bonito de
siete meses, pero debe tenerlo atado unos cuantos días hasta
que se encariñe con usted, porque sino se le va a escapar y
se va a perder. No se preocupe, yo lo voy a tener atado hasta que vea
que me reconoce como su amo, me contestó muy contento Gabino
Rodríguez, y añadió que la
ilusión de toda su vida era tener un perro
mallorquín, yo los he visto, corren mucho y cogen los
conejos a diente, no hace falta ni escopeta ni nada.
El domingo siguiente le llevé el podenco ibicenco a Gabino
Rodríguez, no se lo acababa de creer el hombre, y
doña Carmen repetía, pero don Manuel no
tenía por qué hacer esto, no tenía por
qué molestarse, quién verá ahora a
este hombre presumiendo de perro, usted no lo conoce, con las ganas que
tenía de hacerse con un perro de estos, pero es que
aquí no los cría nadie, si no estoy equivocada,
fíjese usted. El cachorro que le regalé a don
Gabino era impresionante, fiel exponente de la raza, de pelo rojizo,
muy desconfiado, eso sí, ya se lo había dicho a
don Gabino, no lo suelte mientras no lo conozca bien porque se le puede
perder, y se lo até en una cochinera vieja que
había debajo de un castaño a pocos metros de la
entrada de su casa. Perico estaba muy contento también, me
daba constantes palmadas en la espalda y decía que
él lo iba a enseñar, y no te preocupes que no se
nos va a escapar. En un momento dado, y como quien no quiere la cosa,
Gabino Rodríguez se refirió a su perro de presa
que ya no existía, y le dijo a Pedro, su hijo, que fuera a
ver si estaba Pancho el Rey en casa, dile que hay un señor
aquí que quiere conocerle. No, Pancho el Rey no estaba,
había salido. Bueno, no se preocupe, dijo maestro Gabino
restándole importancia al hecho, véngase el
próximo domingo y verá que está
ahí. El jueves siguiente fue día de
cacería y a Gabino Rodríguez no se le
ocurrió otra genialidad que soltar al Podenco Ibicenco que
le había regalado y llevárselo a cazar junto con
los podencos del país. Hasta las diez de la
mañana estuvo con los otros perros como si se hubiese criado
con ellos, pero a esa hora levantó la cabeza,
miró a todas partes y se fue. Eso me dijo Gabino
Rodríguez ese mismo jueves a última hora de la
tarde. El domingo siguiente fuí a casa de Gabino
Rodríguez, nos acercamos, maestro Gabino, Pedro, y yo, por
donde se les perdió el podenco, ni rastro, lo llamamos,
más bien lo llamaba yo porque era a quien más
conocía el pobre animal, hasta las doce de la noche;
días después lo vieron con otros perros
abandonados cerca del Safari Park, a poca distancia de donde se les
fue, pero no atiende a la llamada, me dijo Gabino Rodríguez,
y huye en cuanto ve que nos acercamos, se ha asilvestrado.
Otro domingo Gabino Rodríguez me habló de su
primo hermano Santos el Verga, del Llano del Moro, que tuvo un gran
perro de presa llamado Valiente, vamos a ir a verle cuando usted diga,
y a Pancho el Rey vamos a verlo ahora, ¡Pedro...!,
llamó don Gabino, lleva al señor a ver a don
Pancho, que está ahí, que lo vi entrar hace un
rato. Ven, me dijo Pedro, que te voy a llevar a ver a don Pancho, es un
hombre que sabe mucho, es una gran persona, por eso le pusieron El Rey,
él tiene unos perros bastos ahí, el Moro y el
Deni.
Como ya es hora de ir a dormir, me van a permitir que deje a Pancho el
Rey para otro día, ¿no les parece? Buenas noches.

Manuel
Curtó Gracia
Originalmente publicado en http://www.iremacurto.com
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